Un diamante perdido.





Una palabra no dice nada
Y al mismo tiempo lo esconde todo
Igual que el viento que esconde el agua
Como las flores que esconde el lodo

Una mirada no dice nada
Y al mismo tiempo lo dice todo
Como la lluvia sobre tu cara
O el viejo mapa de algún tesoro
Como la lluvia sobre tu cara

O el viejo mapa de algún tesoro.

                               Carlos Valera


Así te despediste, con la sabiduría de quien era maestra en la vida, de quien había encontrado la armonía allí donde latía tu mayor tesoro, TU GRAN CORAZÓN.

       A María del Carmen Nazer una amiga y gran persona “ausente” (siempre estará en mi corazón)


Una palabra tuya lo decía todo
y al mismo tiempo te lo ofrecía todo,
la sabiduría de tus otoños
la generosidad adquirida
y el amor derramado
en tu intensa vida.

Tanto que contar
en la alcoba de tu recuerdo
tanto que agradecer
a pesar de los penare,
la vida se te fue
pero nunca estuviste sola.

Un corazón de armonía
que en tu pecho latía,
la emoción del amor
y el vértigo de amar la poesía.

Caminos de alegría corrían por ti
y en la belleza de tu jardín
se alaban versos
cantos de serafín.

Una palabra tuya que al fin entendí.

Los vientos te llevaron
al altar de la gloria
tus versos me los dejaste
para siempre en la memoria.

Allí donde estas un abrazo gigante.

Me hago el amor en ti.




Me hago el amor en ti,
suspendo el aire
que se columpia en mi conciencia,
premio a mis sentidos
en la inconfesable mentira
que enjaula mi soledad.

Rompo la angustia de mi corazón
con el inevitable
despertar de los sentidos,
confundiéndome en el
olimpo de tu esfinge
donde poso
el esclavizado deseo
que extingue tu aroma
sobre el correr de mi sangre.

Serena te cuelo en mi armonía,
desnuda habitas en la filosofía
que derrama este dicho,
desasosiego de un capricho.

Te imagine, entre vapores de café.



Te imagine, entre vapores de café
textura de durazno
sobre dormida y algodonada piel,
tan fácil fue
sellar lo imaginado
sobre un avión de papel.

Juro que tenía los ojos cerrados
y el corazón henchido y alterado
y una rendida impaciencia
sembraba sudor frio
entre mis costados.

Fui raptando la necesidad
de mantenerte a salvo
en aquel momento,
sosteniendo la apacible serenidad
de fijarte en el centro
de un talismanico silencio.

Yo ansié tener tu cuerpo
en aquel sueño interminable
con su burla inevitable
se me descosió el tiempo.

Te imagine, entre vapores de café
renglones de terciopelo,
palabras de mujer,
versos agrietados
nutridos de fe.

La palidez despidió mi imaginación
mientras te declaraba mujer,
temblorosa sublevación
en el paraíso de Eva,
donde floreció la manzana
que me incito a comer.


Imagen: Andre de Dienes 

Te escucho.



Escucho, te escucho.

Me infecto de voces silentes
que se van blindando,
se hacen fuertes en la mente
mi mente,
agitadas como serpientes
retumban
casi con entusiasmo
tras la estela de mis pasos,
enjaulando mi descanso.

Y yo,
escribo un poema
que me delate,
que muestre mis ojos,
los verdaderos
y me abarrote de celo.

Comulgo en el alba
de los pájaros negros
y me angustia
tu voz
predicando en el desierto,
no alcanzas mi mano
la forjar de tu sosiego.

Escucho, te escucho,
enervo el verbo,
tu verbo
y abatido
sigo mi viaje

por el mundo de los confundidos.

El mismo cielo.




Trasformar un silencio
eso quería yo.

Miro tu espalda
con mis ojos de ambición,
un rompeolas en la distancia,
un viaje a tu tentación.

Me sobran las palabras
en esta canción,
sobre mis dedos
la humedad
de tu carnal lubricación,
un beso de deseo,
a tu instante
le pinto una traición.

Y entre tus piernas
mi mano
un violín veloz,
marcando
la sinfonía fantástica de Berlioz.

Desnudarnos una urgencia,
invocarnos
con destreza,
entre blasfemas liturgias de amor.

Ebrio de hombría
conjuro tu carne,
miro tus ojos
preparados
para un largo viaje,
vaivén de locura
en un maratón de anhelo,
me aprietan tus piernas
ancladas al deseo,
mientras…
caminamos hacia mismo cielo.